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EL LECTOR PLAGIADO


Como todas las mañanas, fiel a mis ritos de soltera, después de asearme y tomar mis dos vasos de agua en ayunas, le dedico quince minutos a la cinta. Me doy una ducha. Cuelgo la ropa deportiva en el vestidor para que se oree. Desayuno, tomo las llaves que dejo junto a la pecera y salgo al trabajo. Visto el atuendo propio de la oficina, que en mi caso está siempre impecable. Soy el centro de las bromas debido a mi pulcritud extrema, pero esto lo tomo más como un halago. Me permite asegurar que en nuestro lugar de trabajo haya limpieza. También cuento con el aporte de Rita, que, aunque no es tan obsesiva como yo, es la que colabora con esencias y aromatizantes de muy buenos sabores. De Mateo y Linares no se puede esperar mucho. Propio de hombres. No tienen sentido estético y les da lo mismo trabajar en un vaciadero que en un ambiente limpio.
De camino a la oficina paso por el supermercado.
Como me había olvidado de comprar cereales con frutas secas, me dirijo a las góndolas respectivas. Descubro horrorizada que la punta del zapato derecho está manchada de barro. Pienso que en el auto tengo pañuelos de papel para poder limpiarlo. Cuando tomo dos bolsas del cereal elegido escucho hablar a mis espaldas.
―Papá, ¿me comprás caramelos?
No me asombra escuchar semejante pedido, debido al lugar en el que estoy, hasta que me sorprende un tironeo en el brazo.
―Dame de estos.
Veo que la niña trata de seducirme con su ternura espontánea, mientras sostiene como antorcha un paletón multicolor.
―Dale, no seas malo papá ―me insiste.
Le contesto que no y me doy cuenta que mi voz cambió. Ya refleja la de un hombre que, aunque con un timbre algo aflautado, mantiene un registro varonil. Miro mi mano con las bolsas de cereales y el grosor y tamaño de mis dedos, como así también el vello que cubre el brazo, corresponden al padre de esta niña. Al menos eso presumo.
Voy a la caja entre perturbada e incrédula mientras veo que la niña me sigue como si fuera mi hija.
Mientras camino, paso por la heladera de bebidas y veo que refleja el rostro de un hombre de treinta y cinco años, que ahora soy yo.
La tomo de la mano al salir para poder cruzar la calle. Por alguna extraña razón descuido ir al auto que estacioné al entrar al supermercado.
Me entero que me llamo Damián porque me saluda el vecino de la casa donde entro. Me Recibe mi esposa y me indica que me olvidé de traer el rebozador para milanesas. Son casi las nueve de la mañana.
Dicho esto me saluda y sale. Supongo que a trabajar. Micaela, tal es el nombre de mi hija, me pide mirar televisión pero yo le digo que primero haga la tarea.
Me obedece y le pido que me llame a las once. Me recuesto aunque sea dos horas, ya que recuerdo que había trabajado en el turno de la noche. Sin quitarme las zapatillas me desplomo en la cama.
―Apurate que no van a llegar –me dice mi esposa. Me lavo la cara y encuentro la mesa preparada y a Micaela vestida para la escuela.
Mientras almorzamos le digo a Iris que estuve pensando que para estas vacaciones podríamos ir a la playa, después de haber ido dos años consecutivos a las sierras. Mica golpea en la mesa con los cubiertos diciendo con euforia que quiere salir ya mismo de vacaciones.
Subimos a la camioneta y la llevo a la escuela.
Faltando algunas cuadras, un operativo policial retrasa el tránsito. Cuando llega mi turno, un oficial me pide los papeles del auto.
Una gota de sudor que cae por mi rostro me obliga a tocarme la sien y noto con sorpresa que tengo puesto un gorro de uniforme. Un calor sofocante me distrae de la perorata que ese hombrecito sin cuello me dispara desde su camioneta mientras le devuelvo sus documentos.
Señor, son controles de rutina. Entiendo que lo retrase un poco para dejar a su hija en la escuela, sin embargo comprenda que estos operativos los hacemos para la seguridad de la población ―le digo, y el hombre asiente resignado con la cabeza.
Durante el resto de la tarde secuestramos tres autos, pero por suerte no pasó nada más. Recordamos la cara que puso Tolosa, en el asado que organizamos en el casino de suboficiales, cuando tomó el vaso de vino al que le pusimos vinagre. Después de verificar la documentación vehicular de una veintena de coches más, volvemos a la base, cuando ya había mermado el calor.
Al bajar del patrullero, frente a la comisaría, una mujer me pregunta dónde debe sacar el certificado de domicilio. Le respondo y me agradece.
Busco en mi cartera si tengo los documentos y al levantar la vista veo delante de mí al policía que sube los peldaños de la entrada. Regreso al auto. Estoy muy cansada. Llegado a fin de mes, el trabajo de la oficina se hace inhumano. Pero hoy me envuelve un cansancio distinto.
Regreso por fin a mi departamento. Está como lo dejé. Con los talones me quito los zapatos y descalza le doy de comer a los peces. Me miran como si me hubiesen extrañado. Ellos también se acostumbraron a mis rituales.
Me baño, cuelgo la ropa de la oficina y me pongo algo cómodo.
Apago el silencio con algún programa de televisión.
Percibo que el de hoy fue un día raro.
Ceno, apago la tele y me siento a leer.

Quedo perpleja al descubrir que alguien que firma como de Fabián Coniglio me robó el cuento que ahora estoy leyendo.


Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com


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TAN PARECIDO AL AMOR


PERSONAJES:
Pregonero
Don José
Patricio Azcurra
Anastasia
Marcial


ESCENA I
Pregonero
(Pregona en la calle con ejemplares de “La Gaceta” en la mano.)
¡Estas son las novedades de las Provincias Unidas!, ¡estas son las novedades de las Provincias Unidas! Lo anunció “La Gaceta de Buenos Aires.” Después de la dimisión del General Alvear de su cargo como Director Supremo, el Cabildo disolvió la Asamblea y convoca a los vecinos de Buenos Aires para elegir al nuevo Director Supremo.
¡Entérese de lo que está pasando! ¡Estas son las novedades de las Provincias Unidas!
Don José
(Se acerca al pregonero.) Buenas, buenas, parece que todavía estamos a tiempo de mejorar las cosas.
Pregonero
Ojalá Don José. Después de haber disuelto el Triunvirato y haber concentrado el poder en un Director Supremo designando a Posadas y éste después a su sobrino Alvear, no distaba mucho de una monarquía. Mire que fue tirano este Alvear…
Don José
Por eso le digo que ahora es tiempo que los ciudadanos tomemos cartas en el asunto. Hay mucho “vende-patria” dando vuelta por el ambiente y si nos descuidamos les dejamos a su merced el poder.
Pregonero
Acuérdese de lo que le digo, esto no se va a arreglar hasta que no cortemos en serio los lazos con España o cualquier otra dominación extranjera.
Don José
¡Mi buen amigo, usted sí que está en una situación de privilegio!
Pregonero
¿Por qué lo dice don José? Mire que hay que estar horas y horas con el gañote al aire, y no es fácil, amigo.
Don José
Lo entiendo, lo entiendo. Me refería a que usted es un privilegiado en tener las noticias frescas y a la mano. ¡Cuántas cosas más sabrá que no llegan a los oídos de la gente común como yo!
Pregonero
En verdad debo decirle que usted no es más común que yo, y, en tal caso, ambos somos “gente común”, lo cual nos daría un título similar al de la nobleza, si todos los ciudadanos estuviésemos considerados como tales, no sólo en los decretos y documentos oficiales, sino en el trato y respeto. Créame, don José, que sueño en los días en que nuestros pueblos, liberados del dominio foráneo, podamos tener como blasón nobiliario nada más y nada menos el título de “gente común”.
Don José
Sabias palabras mi buen amigo. Sólo que se hace difícil creer en que llegue ese día mientras tengamos como representantes a gente como el trompudo de Don Bernardino, que, a través del enredo de las palabras, no hace más que enredar la buena intención de los vecinos. ¡Y se hace llamar docto! Sólo deshonra las ciencias, siendo un bicho raro, embaucando al gentío en beneficio propio.
Pregonero
Ni me lo diga, ni me lo diga. Es de esos seres viles que saca tajada de las circunstancias. No se sorprenda que mientras estamos hablando en esta esquina, el muy susodicho mercenario, esté en quién sabe qué palacio europeo, negociando nuestros suelos y nuestra sangre.
Don José
Usted sabe algo y no me lo está diciendo, amigo. Lo leo en sus ojos… No importa, no lo voy a molestar más y no le sacaré más datos de los que pueda pregonar.
Pregonero
Usted es un hombre sabio don José, debería integrar la Junta de Observación. Gente patriota como usted nos representaría con magnanimidad en el Cabildo.
Don José
Me hace sacar una sonrisa en tiempos tan convulsionados, amigo. ¡Que tenga un buen día!
Pregonero
Igualmente para usted.
(Camina pregonando hasta salir por un costado.) ¡Estas son las novedades de las provincias unidas!, ¡estas son las novedades de las provincias unidas! Lo anunció “La Gaceta de Buenos Aires.”




ESCENA II
(Se escucha “La primavera”, de “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi.)
Patricio Azcurra

¡Mi querida hija Anastasia, cuánto placer me producen tus melodías! Elevan mi espíritu, sofrenan mis instintos y los canaliza en pos de bienes superiores. ¡Feliz fruto del amor de dos esposos que florece y aromatiza con sones celestiales a sus progenitores!
¿Qué más se puede pedir? Un ángel ejecutando con un instrumento angelical, las partituras más angelicales que un mortal pueda crear… ¡Anastasia, hija, que este retazo de cielo que nos traes con tu violín no se apague hasta que por fin lo escuchemos frente al mismísimo Creador Sempiterno!
Pregonero
(en off) ¡Estas son las novedades de las provincias unidas!, ¡estas son las novedades de las provincias unidas!
Patricio Azcurra
Válgame Dios, ¿qué tienen de novedades?, ¿qué tienen de “Provincias Unidas”? Ya nos indican los grandes estrategas de las verdaderas potencias mundiales que las colonias no desmerecen a sus habitantes tomando por patrones a quienes dominan los designios de las naciones, sino que por el contrario, ellos, en su generosidad, nos toman como hijos y nos hacen herederos de sus invaluables riquezas culturales.
Pero lamentablemente, en este poblado, cada vez más amenazado por la chusma pata sucia, no todos entienden sobre las ventajas de encolumnarse con los grandes y divagan sobre vanos planes independentistas, inconducentes en todos sus aspectos, exponiendo al corrimiento de sangre, no sólo de los descentrados rebeldes, sino sobre todo de los ciudadanos ilustres.
Anastasia
(Entra apesadumbrada. Tiene un vestido negro y lleva consigo un violín.)
Mis oídos ya saben de memoria lo que usted piensa sobre los aires libertarios, padre. Con todo respeto y sin intención de ofenderlo, le recuerdo que todavía tengo muy fresco el dolor por la partida de mi amado Gervasio.
Patricio Azcurra
Mi niña, no llores. Rompes mi corazón. Gervasio murió como un héroe en Sipe Sipe. Sin dudas te amaba. Era un excelente militar, yo soy amigo personal de don Antonio Dorna, su padre, y de doña Petrona, su madre y nada de lo que ocurrió quitará un solo destello de brillo del bronce que supo conquistar entregando su vida, pero, a muy pesar mío, te recuerdo que de nada valieron tus ruegos para que se casen antes de la batalla porque pienso que en el fondo, tu prometido aún estaba haciendo el duelo por no haber podido conquistar el corazón de Remedios de Escalada.
Anastasia
¡No me la nombres!, ¡Por favor, padre, no me la nombres! Ya tuve suficiente con sentir su sombra y su recuerdo deslizándose imperceptible en las tertulias vespertinas tenidas con Gervasio. ¡Pobre de mí!, ¡pobre de él! De verdad me quiso. Más allá de mi apellido, de mi estirpe, que él también tenía, sentía por mí un cariño y un respeto puro. Sé que nunca fue su intención contrariarme. Pero también sé… también sé que en parte su corazón latía por Remedios. Nunca me lo quiso hacer notar, pero una mujer conoce el corazón del hombre.
Patricio Azcurra
Mi niña, mi pobre niña. Si supiera que comprando el cielo mitigaría ese nubarrón en tu pecho, haría lo que fuera por adquirirlo para tí. Pero sólo el tiempo te regalará la calma y el consuelo que necesitas.
Anastasia
Gracias padre.
Patricio Azcurra
Pero igualmente fíjate que tengo mis razones para refunfuñar contra estas ideas modernas. En tu congoja se esconden dos enemigos: ese militar que está movilizando Cuyo con sus ideas alocadas, ese Don San Martín, que por un lado hay que agradecerle que se robó el corazón de Remedios, lo cual te posibilitó conocer a Gervasio, pero que por otro lado generó el desprecio de tu prometido por su vida y de alguna manera hizo que tu amado se expusiera más de la cuenta yendo a luchar en contra de los realistas en tierra que ni nos interesan.
Y el otro enemigo en común, que se llevó la vida de tu amado es la fútil idea de no pertenecer sino a sí mismo, dejando de lado las fuentes de la cultura y la sabiduría que nos viene de Europa. Y encima, mi niña, encima ¡el padre de Gervasio es español! ¿Hasta dónde las ideas planeadas por el Maligno, que siembra la desobediencia, puede confundir a las almas nobles?, ¿Hasta dónde esas locuras de independencia pueden arruinar a toda una generación de jóvenes promesas de la buena sociedad?
Anastasia
Lo amo y lo respeto padre, pero la verdad estoy confundida. Porque entiendo que entre estos caseríos habitamos familias patricias, respetables y de bien, pero Gervasio me habló de sus aventuras por otros territorios casi inhóspitos habitados por hombres y mujeres que, aún sin instrucción, sueñan con valores y tienen ideales nobles, casi tanto como los nuestros.
Patricio Azcurra
El noble corazón que tenía tu prometido no le permitió desentrañar la bajeza de los motivos más ocultos de esa gente, sin duda. No te olvides que nuestras pertenencias se ven amenazadas por los bárbaros impíos, el mestizaje y los caudillos pelilargos, ya que los ideales se les van a acabar cuando coman en nuestros banquetes y quiebren las plumas de la ilustración.
Anastasia
No sé, padre. Antes de alistarse para su último combate, le entregué a Gervasio mi Santo Rosario. Sonrió. Tomó mis manos y con dulzura me dijo que si él no volvía no llore de tristeza, sino que pida una Misa por él en acción de gracias por haber tenido la dicha de entregar su sangre por la libertad. Y al concluir me dijo que ese Rosario volvería a mis manos y ese sería el signo que su muerte tuvo un valor superior.
Patricio Azcurra
Y como ves, hija mía, ese Rosario no llegó a tus manos.
Anastasia
Cuando Gervasio me hablaba de esto brillaban sus ojos como nunca. Se henchía su pecho y pasaba horas contagiándome de un sentimiento extraño, que sólo se compara al amor. Pero que era más grande que éste, porque en tanto que el amor se dirige a una persona, este sentimiento que me transmitía se dirigía a muchas personas. Debo admitir que si bien a veces me daba un poco de celos ese sentimiento tan fuerte de Gervasio, a la vez me enamoraba más de él.
Aún hoy no puedo asignarle un nombre a este impulso tan fuerte que descubrí en Gervasio. Padre, ¿qué nombre le pondrías a ese sentir?
Patricio Azcurra
Moriría por seguir escuchándote tocar el violín. Eso se llama dolor. Nada más estás elaborando el duelo. Ya pasará. Tranquila, todo va a estar bien.
Anastasia
(Se retira.)
(Se escucha nuevamente Vivaldi.)


ESCENA III
Pregonero
(Pregona en la calle con ejemplares de “La Gaceta” en la mano.)
¡Estas son las novedades de las Provincias Unidas!, ¡estas son las novedades de las Provincias Unidas! Lo anunció “La Gaceta de Buenos Aires.” El nuevo Director Supremo interino, don Álvarez Thomas anuncia que la Junta de Observación ha redactado el Estatuto Provisional y en este documento, en su artículo 30 convocó a todas las ciudades y pueblos a elegir diputados que los representen en un Congreso Constituyente a desarrollarse en Tucumán.
Las sesiones de dicho Congreso darán comienzo el próximo 24 de marzo del corriente año de 1816. ¡Entérese de lo que está pasando! ¡Estas son las novedades de las Provincias Unidas!
Patricio Azcurra
(Camina con Anastasia. Se cruzan con al pregonero.) Justamente ahora que lo recuerdan, la otra noche estuve en la casa de los Anchorena y estuve hablando con Marcial. ¿Te acuerdas de Marcial?
Anastasia
Claro padre, viejo amigo de nuestra familia. ¿Qué cuenta Marcial?
Patricio Azcurra
No lo vas a creer: viaja a Tucumán para el congreso ese que anuncian. Él está como escribiente ayudante del doctor Esteban Gascón. Excelente abogado. Y al doctor lo eligieron para ir como diputado a Tucumán. Le pidió a Marcial que lo acompañe, aunque sea los seis primeros meses. Conoces a Marcial. Es muy ordenado en los escritos, pero de aventurero y revolucionario no tiene nada.
Anastasia
Sí, de verdad me sorprende que hubiera aceptado.
Patricio Azcurra
Lo toma como una oportunidad de ascenso en su trabajo, nada más. Eso lo tiene muy claro.
Anastasia
Me gustaría conocer esos lugares.
Patricio Azcurra
¡Ni lo imagines siquiera! En estos tiempos convulsionados esas zonas de bandidos y revoltosos está casi inaccesible para una muchacha.
Anastasia
Lo sé, padre, lo sé. No se aflija…
(Se retiran.)


ESCENA IV
Pregonero
(Pregona en la calle con ejemplares de “La Gaceta” en la mano.)
¡Estas son las novedades de las Provincias Unidas!, ¡estas son las novedades de las Provincias Unidas! El Congreso General sesionando en Tucumán ha elegido como Director Supremo de todas las provincias unidas al diputado por San Luis, don Juan Martín de Pueyrredón. Y la noticia más sublime que este semanario pueda transmitir: El pasado 9 de julio del corriente año del Señor de 1816, el Congreso “ha declarado solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despejadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera.”
¡Entérese de lo que está pasando! ¡Estas son las novedades de las Provincias Unidas!
Don José
(Se acerca al pregonero.) ¡Viva la Patria Libre y soberana, amigo! ¡Nos pusimos los pantalones largos, nomás! ¿Qué me dice amigazo?
Pregonero
Estoy tan contento como usted, Don José. Sin duda que escuchamos más a nuestras raíces que a nuestras conveniencias. Brindo por los diputados que pusieron la firma. De todas formas, no va a ser fácil de aquí en más.
Don José
Es cierto, la declaración de independencia se transforma en declaración de guerra. Y cuando de enemigos se trata, me preocupan más los imperceptibles que los vistosos. Porque usted dirá si coincide conmigo, a los españoles, a los ingleses, a los franceses, a los portugueses, se los distingue fácil. Pero no olvidemos que tenemos enemigos adentro de nuestras propias filas. ¡Esos son los bravos!
Pregonero
Coincido con usted. Pero hoy es día de festejo. ¡Viva la Patria!
Don José
¡Viva la Patria, carajo!




ESCENA V
(Patricio lee, Anastasia cose.)
Pregonero
(En off) ¡Viva la Patria!, ¡Somos libres!, ¡viva la Patria!
Anastasia
(Se sobresalta. Se levanta. Mira por la ventana.) Padre, ¿oyó eso? ¿Escucha esa gente tan alegre allá afuera?
Patricio Azcurra

Mala decisión en un mal momento. El rey Fernando VII, al recuperar la corona, está con más fuerza que antes. Ya verás que esto se acaba en breve. Pero no te aflijas, nosotros estaremos bien.
Anastasia
¡Padre, para independizarse no existen los buenos o malos momentos!
Patricio Azcurra
(Gritando) ¡No existen ni buenos ni malos momentos porque es impensable semejante necedad! ¡Ya verás cómo tarde o temprano seremos colonia, porque no tenemos otra alternativa, es así!
Marcial
(Golpea la puerta. Anastasia le abre.)
Buenas tardes señorita Anastasia. Buenas, don Patricio. ¿Llego en mal momento?
Patricio Azcurra
¡Cómo anda Don Marcial! ¡Qué alegría verlo! No podría llegar en mejor momento.
Anastasia
Mucho gusto. Yo, con vuestro permiso, me retiro así hablan tranquilos.
Patricio
Quédate, por favor.
Marcial
Lo mismo iba a decir.
Patricio
Formidable. Porque estaría bueno que mi hija escuche de sus propios labios la complejidad que significa esta declaración que ha hecho el Congreso.
Marcial
Qué interesante, el motivo por el cual quería que su hija se quede era otro. Pero con gusto me explayaré en lo que plazca.
Patricio
En primer lugar cuéntenos por favor de la sorpresa de tenerlo en Buenos Aires cuando creí que estaba en Tucumán con el doctor Gascón.
Marcial
Llegué ayer a la noche. Vengo por una semana y luego regreso. Me quedaré hasta fin de año. Después veremos.
Patricio
¿O sea que estuvo en la declaración de la independencia?
Marcial
Así es, señor mío.
Patricio
Y con todo respeto, ¿no le parece un suicidio?
Marcial
Para nada, don Patricio. Tiemblan mis manos ante el mero recuerdo de lo vivido en Tucumán. Nunca supe lo tan equivocado que estaba al aplaudir y apoyar a charlatanes nefastos que prometen como toda acción de gobierno desentenderse de las provincias del interior, es más, hasta luchar contra ellas y desguarnecer a los nobles centinelas de las basta pampas y serranías, desviando el presupuesto para ellos pensado y, en su lugar, gastar innecesariamente dicho erario en la construcción de ochavas para la ciudad capital. ¡Imbéciles de nosotros que aplaudimos sus discursos y sus vacías grandilocuencias!
¡Somos hermanos! No nos une la sangre, nos une algo más fuerte: nos une la tierra. Bebemos de las mismas raíces. ¡Qué importa qué peinetones están de moda en Francia! ¡Que amortajen con ellos sus grasientas cabelleras e inunden con pestilentes perfumes para tapar el mismo olor a piel y sudor que aunque no lo quieran, exhalan de su piel al igual que un chileno, un inglés, un cuyano! ¡Cuánta ceguera, cuánta necedad para no reconocer ese mismo olor que nos iguala!
Pensaba que Buenos Aires era el centro, la bisagra entre el Viejo mundo y el Nuevo mundo, pero estaba equivocado. Las brújulas de los claustros nos mentían. Estando en Tucumán descubrí que ahí estaba en el centro, en una ruta estratégica entre al Alto Perú y Buenos Aires, en donde, con las riquezas naturales que tenemos en nuestros suelos, ríos y mares, no necesitaremos más que organizarnos para que a nadie le falte nada para vivir con dignidad.
Anastasia
Disculpe, don Marcial, apenas lo conozco. Pero al oír sus palabras y la unción y la vehemencia con la que las dice, no puedo evitar establecer una relación directa con las palabras de mi difunto prometido.
Patricio
No molestes al señor confundiéndolo con un muerto, Anastasia, por favor.
Anastasia
Perdón, padre.
Marcial
De eso vine a hablar, si me permiten.
Patricio
Todo suyo.
Marcial
Muchas gracias. En Tucumán pude conocer de verdad quiénes somos y quiénes no somos. Desde mi cuna aprendí a pensar en inglés, escribir en español, hablar en francés. Pero en Tucumán, a donde fui con una intención más que ruin, ya que no pensaba más que en los beneficios personales que dicho trabajo me brindaría, allí descubrí que no soy ni español, ni portugués, ni inglés, ni francés, sino que soy hijo de esta tierra, soy americano. Hay personas que conocí de todas las regiones de las Provincias Unidas que abrieron mi cabeza y mi corazón. Y no sólo eso, sino que con pródiga asistencia me supieron encaminar hacia el descubrimiento de esta gran verdad. Porque todos tuvimos claro que declarar la independencia es comenzar a luchar para reconocer y hacer reconocer nuestra identidad propia.
Anastasia
Señor, ¿en qué se relaciona conmigo todo esto?
Marcial
En esto. (Saca de su bolsillo un pañuelito doblado). En el norte conocí a Telésforo, un sargento que combatió en Sipe Sipe. Preguntando a todos los miembros de la delegación de Buenos Aires, este hombre llegó a mí ya que por quién preguntaba en su búsqueda, era por usted, señorita.
Anastasia
¿Él estuvo en el campo de batalla con mi Gervasio?
Marcial
No sólo eso. Telésforo fue el confidente de Gervasio en sus últimas horas. Herido de muerte, después de haber demostrado su valor al frente de la batalla, quedó tendido inmóvil esperando la ayuda que, si bien llegó, no pudo revertir la herida mortal provocada en su pecho. Allí estuvo este sargento y acá, en este pañuelo tengo para entregarle este Rosario (lo saca) que le perteneció. Al entregárselo, Telésforo me pidió que le diga que Gervasio murió con una sonrisa en los labios pronunciando: “Anastasia, seamos libres, porque no encontré nada tan parecido al amor por ti como luchar por la libertad”. Y diciendo eso, murió.
Anastasia
Él me dijo que si moría, su muerte no sería en vano.


ESCENA VI
(A los personajes de la escena anterior se le suma Don José. Delante de ellos aparece el Pregonero, leyendo las siguientes líneas de la Gaceta de Buenos Aires).
Pregonero
Así se ve también que las desgracias aparentes se convierten en alegres venturas y que el pueblo tiene cada día nuevos motivos para felicitarse por la dichosa combinación que le ha puesto en aptitud de elegir su propio destino y de entrar por sus heroicos esfuerzos en el rango y consecuencia de las naciones independientes.
¡Viva la Patria!
TODOS
¡VIVA!
(Se escucha de fondo una chacarera tocada en violín mientras los personajes se abrazan.)


FIN

Rio Gallegos, abril de 2015.

AUTOR: fabianconiglio@gmail.com



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Muestra 2015

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ELECCIÓN DE VIDA

―Y, Mica, ¿qué te dijo tu tía?
 ―¿Eh? ―la pregunta de Candela no la interrumpió del grabado a birome que estaba estampando en los surcos de la suela de su zapatilla.
―Ey, boluda, ¿no te acordás? ¡Lo del departamento en La Plata! ―Con un solo gesto le hizo notar a su amiga que se sentía ofendida.
―No creo que haya drama.
―¿Pero le preguntaste o no? ―el mismo gesto se agudizó hasta el nivel de ira. ―Está bien. Si no querés que vaya a estudiar medicina con vos no hay drama. Me voy a Córdoba con Pato a estudiar ingeniería. ―Al decir esto, ensayó el rictus propio de amiga despechada.
Mica, aunque no dejó de posar su mirada en la zapatilla que seguía decorando, pudo captar cada movimiento facial de Candela, y si se perdió alguno, lo adivinó. La niñez y la adolescencia suelen ser un tiempo suficiente para conocerse.

―No te hagas la víctima que te queda mal ―sentenció Mica.  Un silencio expectante llenó la habitación. Al instante las dos rieron como descubriendo el engaño de una broma pesada.

Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com


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MIÉRCOLES

Anoche me acosté más temprano. Le mandé un mensaje a Darío para decirle que le dejé la comida en el microondas. Estaba fundida. Los martes son terribles para mí. Encima son los días que Darío vuelve más tarde.
Entre sueños lo sentí acostarse como una pluma a mi lado. Tomé su mano, más fría que de costumbre. Volví a mi inconsciencia con la tranquilidad de saberme protegida.
Hoy, como todos los miércoles, madrugué. Darío tiene suerte que puede levantarse más tarde. No me molesta. Después de asearme, me senté a tomar el café, mientras prendí la tele.
“Anoche colisionaron un Chevrolet Astra y una camioneta S 10. El chofer del automóvil aún no se ha podido identificar, pero ha muerto en el acto” ―anunció el periodista. Las imágenes de los hierros retorcidos y las fajas de seguridad policial de a poco me permitieron descubrir que se trataba de Darío.

Preferí quedarme inmóvil en vez de constatar que mi cama estuviera ocupada.

Autor: @ConiglioFabian
conigliofabian@gmail.com


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Performance Varieté



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PODERES PSÍQUICOS

Se despertó a eso de las tres de la madrugada todo sudado. Raro en él, que más bien era friolento. Es que no pudo reponerse de la agitación hasta unos minutos después. ―Suelo dormir desde que me acuesto hasta que suena la alarma.―Pensó tan fuerte que lo dijo en voz alta.
―¿Te dejás de joder?
Su esposa siempre sutil.
Es que ella no reconocía que a su marido le estaban empezando a suceder cosas. La sombra de él, sentado desde su lado de la cama, se podía plasmar en la pared del dormitorio. Se levantó de un salto y, una vez frente a la heladera, lo supo con lucidez.
―Tengo poderes psíquicos.
Mirando el yogurt bebible, sonrió. Después quedó petrificado al pensar en las consecuencias de su hallazgo. Las imágenes le taladraban la mente. La mirada perdida del que sabe que está muriendo era tan real, que escupió el trago de yogurt. Lo tenía enfrente como a un toro agonizante, rodeado del morbo general. Eran las cuatro y no podía dormir.
Se dio cuenta que eso no había sido una pesadilla. Las pesadillas, como todos los sueños, por lo general mezclan con capricho aleatorio, objetos, movimientos, situaciones. En este caso, las imágenes lo habían llevado a lugares que nunca había visto. Aunque muchas veces subió por la estrecha escalerita de estructura metálica que conducía a la planta alta, reconoció detalles muy precisos de los rombos de los peldaños y de las sombras que producían contra la pared de abajo, que no eran sueño. En la oficina de Uncos, el jefe del taller, jamás había visto que las dos manijas de los cajones del escritorio eran distintas, ni que en el cajón de abajo el viejo Uncos escondía un arma entre los papeles y cables. Hasta podría dibujar ―si lo supiera hacer― cómo eran los relieves de la culata o la forma del percutor.
Era poco más de las cinco. Volvió a acostarse, pero la agitación era tal, que fue al baño. Así como para la mayoría de nosotros es arduo memorizar, para él significaba mucho esfuerzo olvidarse de cada una de las palabras que en la visión había cruzado con Uncos.

―Silguero. Venga para acá.
―Sí. Qué pasa.
―Acompáñeme arriba. Le tengo que mostrar algo.

Los rombos de la escalerita, la oscilación del caño que oficiaba de baranda. El olor a pintura fresca. El chirrido de la puerta placa. La suciedad del ventanal que servía de panóptico. Todo. Todo estaba fijado en su memoria.

Sentado en el inodoro, sintió correr una gota fría que le caía desde la nuca hasta su desembocadura. Temió enloquecer. El inexorable recuerdo de lo que vendría, lo paralizaba.

―Siéntese, Silguero.

Cortó un poco de papel higiénico y se lo pasó como pudo por la espalda. Le faltaba la respiración. Al mirar el picaporte de la puerta del baño, creyó ver el cromado del caño del arma de Uncos. Por poco se tiró a un costado. Se podría haber lastimado con el borde de la pileta. Por suerte era algo así como una alucinación, nada más.
“Tener poderes psíquicos me va a matar” ―pensó. Se concentró nuevamente en su tarea. Los ojos insomnes le ardían. Pronto tocaría la alarma. Su pantalla mental, de pronto continuó su relato.

―Mire, Silguero, no estoy bien. Con usted tuve muchas agarradas. Me disculpo si se sintió acosado por mí. El médico me dijo que la ira podría ser una de las formas de desahogarme de mi enfermedad. Y creo que deposité mi ira en usted.
―Está bien.
―No. No está bien. ¡No está nada bien! ―Uncos tomó aire. Hizo una pausa. Se apoyó otra vez en el respaldo de la silla―.
―Si quiere, dígame en qué le puedo ayudar. ―Retomó Silguero el diálogo.
― ¿Ayudar? ―preguntó con desdén.
― ¿Usted se ofrece a ayudarme? ¡No me haga reír, no me haga reír, por favor! Los dos sabemos el desprecio que tenemos el uno por el otro. ¡No sea hipócrita, Silguero! ―Otra vez quedó hamacándose en la cornisa de la silla. Los microescupitajos que al vociferar vertía sobre los papeles del escritorio eran tan agresivos como sus palabras―.

Con el calzoncillo como grilletes, Silguero se encontró llorando, parado frente al espejo del baño. Rememorar la premonición nocturna lo estaba volviendo loco.
― ¿Te falta mucho? ―La nula amabilidad de su esposa lo volvió a la realidad. Eran las 6.30 y no había escuchado el despertador.
Se lavó con fuerza la cara para despegar las ojeras, desayunó, preparó el bolso y se fue en bicicleta al trabajo.
Estaba tan ensimismado, que de no haber sido por sus nuevas capacidades psíquicas, hubiera tenido algún accidente vial. Porque mientras por fuera se veía a un hombre en bicicleta yendo al trabajo, por dentro, continuaba el encuentro fatal.

―Yo no lo desprecio. ―Fue la tímida e inverosímil respuesta ante la catarata de saliva de Uncos.
―Está bien, si me la quiere hacer difícil, no importa. Yo ya tomé la decisión. Acá termina todo. Lo elegí a usted porque si hay un mal que le deseo es que quede traumado de por vida. Yo no tengo empacho en reconocer que durante décadas lo odié. El médico me dijo que el tumor era por toda la frustración que guardé durante años. Y usted es el principal causante de mis males.
―Yo no sabía… ―Las palabras huecas de Silguero fueron interrumpidas por un rítmico movimiento del brazo de Uncos, que, pasando por el cajón, elevó en círculo la mano, empuñando el arma que al solo impacto, le abrió la boca en flor.
La mirada perdida de Uncos, como quien sabe que está muriendo, quedó inmóvil sobre la silla. Al instante, le esbozó a Silguero, como despedida, una macabra sonrisa de carnes y dientes. Y se desplomó entre los papeles del escritorio, mientras daba sus últimos temblores.

Al llegar al galpón en donde estaba la fábrica, Silguero saludó a todos como si nada.
―¿Y Uncos?
―Arriba. ―Le contestaron.
Subió por la escalerita y las sombras que formaban en la pared los rombos de los peldaños, eran iguales a los de sus visiones. Entró sin golpear. Uncos estaba en el escritorio.  
― Ah, Silguero. Le tengo que mostrar algo.
Mientras dio dos pasos adelante, Silguero sacó un arma de su bolso, con el que le dio tres disparos.

Uncos, mientras iba muriendo como un toro en el rodeo, dejó soltar de su mano un par de cables de muestra.

Autor: @ConiglioFabian
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